Diario 4
Diario de expedición final
Amigos del Ecuador y del mundo, los saludo desde Pakistán.
Quiero narrarles el intento de subir mi décimo ochomil sin oxígeno, dentro del proyecto de coronar los 14 ochomiles sin oxígeno y con la mitad de los pies amputados.
En la primera rotación subimos del campo 1 y al campo 2, a 6600 metros, donde dormimos una noche. Antes habíamos abierto toda la ruta con los rusos hasta esa altura y permanecimos una noche en el campo 2.
Eso completaba el primer gran paso para la aclimatación. De ahí venía la rotación número 2, que consistía en subir al campo 1, luego al campo 2 y después al campo 3, para ver si se hacía el intento a cumbre en caso de sentirnos bien durante esa misma jornada. Pero lo habitual son tres rotaciones, y dormir una noche en el campo 3, a 7200 metros, antes de intentar la cumbre.
Salimos de madrugada y, tras sortear algunos inconvenientes, llegamos al campo 1. Caían algunas avalanchas y había acumulación de nieve porque había nevado los días anteriores, pero dormimos en el campo 1 sin novedad.
Al día siguiente, cargados con todo el equipo y la comida, subimos al campo 2. Un grupo se nos había adelantado un día —si no me equivoco, eran seis sherpas y seis clientes.
Llegamos tranquilos y armamos nuestras tiendas junto a los compañeros rusos que subían con nosotros. En ese momento, la expedición comercial de sherpas japoneses estaba fijando las cuerdas fijas, sin haber informado a nadie de su plan. Se suponía que ellos habían recolectado profesionalmente esa información: nosotros habíamos dejado 200 metros de cuerda en el campo 2, y a unos diez minutos más abajo había 400 metros más, lo que sumaba 600 metros de cuerda. Para fijar hacía falta, como mínimo, dos o tres rollos más, con estacas, tornillos y mosquetones.
Se suponía que el grupo comercial que iba a fijar debía llevar esos 600 metros extra de cuerda, más las estacas y los tornillos. Era algo lógico, porque el grupo que va a fijar una sección tan empinada y difícil sabe cuánta cuerda se necesita.
Pasaban las horas sin que se viera ningún progreso. ¿Cuándo veríamos bajar a un alpinista? Se suponía que ellos ya habían completado sus dos rotaciones y que iban directo a la cumbre.
Nos sorprendió ver bajar a un alpinista: era el alpinista taiwanés. Nos informó que no habían podido llegar al campo 3 por condiciones muy peligrosas, tanto de nieve como por la rotura de una placa. Nos quedamos sorprendidos.
Esperamos, y todo el grupo —doce o catorce personas, entre ellos otros montañistas que también iban a intentar la cumbre— bajaron. Eran las seis de la tarde: discusiones, preguntas, videos, fotos. Nosotros estábamos en shock, aunque en realidad no sabíamos bien qué estaba pasando.
El tema era que se había roto una placa gigante de nieve en altura, y que arriba de esa placa había condiciones inestables que podían repetirse. No veían que fuera posible seguir.
El líder del grupo americano —no recuerdo su nombre— dijo que él bajaba porque veía que nadie los ayudaba a fijar, que ellos eran los únicos que fijaban. Nunca lo verificó: nosotros habíamos fijado del campo 1 al campo 2, abierto la ruta, cargado las cuerdas y ayudado. No nos habían avisado de su plan de fijar el día 17 para subir a la cumbre el 18. Era un plan secreto, algo que las agencias comerciales llevan haciendo en los últimos años: no informan sus planes y compiten entre ellas por llegar primero a la cumbre y así atraer más clientes. He escuchado muchas veces que incluso cortan las cuerdas para que otras agencias no puedan subir.
Es un juego sucio, totalmente desleal y antideportivo, contrario al espíritu del montañismo. Ese grupo decidió cancelar su expedición, y nos quedamos cuatro rusos, un árabe (Ahmad), un taiwanés— (Ngo) con su sherpa, un americano con su sherpa, y yo: diez personas de las doce que podíamos subir.
Sin embargo, decían que faltaba cuerda, que no había suficiente y que había que bajar de nuevo al campo 1 o al campo base a buscar más. Nadie quería ir. Al principio algunos se ofrecieron, pero al día siguiente ya nadie quería hacerlo.
No sé si la falta de cuerda fue un error, o algo que se sabía de antemano —cuánta cuerda hacía falta— y aun así no se coordinó. En el campo base había alguien encargado de coordinar con el equipo, y fue, sinceramente, un desastre de coordinación.
Al día siguiente, que era el 18, nosotros debíamos subir al campo 3 y el 19 intentar la cumbre. Pero el 18 nos quedamos otra noche en el campo 2, esperando, porque los rusos dijeron que iban a revisar unas cuerdas que habían puesto 200 metros más a la derecha por error de ruta, para recogerlas y reubicarlas de modo que alcanzaran hasta el campo 3.
Los rusos, entusiasmados, vieron posible un intento de cumbre y avanzaron hasta el lugar de la avalancha, donde se dieron la vuelta. Gastaron mucha energía y bajaron. Los esperamos toda la tarde. Dijeron que la nieve no estaba tan mal, que se podía subir, que fuéramos.
Pero la gente ya estaba desmotivada, y el americano también dijo que no quería ir, que se regresaban, que cancelaban. Yo era el único que quería seguir —incluso mi propio grupo quería bajar— y me tomó dos horas convencerlos de que yo quería terminar mi aclimatación, que quería llegar al campo 3. Quedamos en que a la mañana siguiente nos levantaríamos, nos vestiríamos e iríamos al campo 3.
Llegó la mañana. Desayunamos. Yo ya estaba vestido, con las botas puestas, listo para salir. En ese momento los rusos ya habían salido en su intento a la cumbre.
Entonces alguien dijo que había un 90% de posibilidades de que no se pudiera subir y un 10% de que sí, que no lo veía claro. Además, había una placa asentada arriba que representaba un peligro: una placa se había desprendido y se había ido, y otra placa —la que quedaba asentada arriba— podía desprenderse en cualquier momento. La placa que se fue medía dos metros y medio de altura; nunca había visto algo tan grande. Era un detonante, la placa que quedó asentada y no se fue.
Nos daba miedo, nos daba terror, que se soltara por el calor. La nieve estaba tan húmeda que el agua no llegaba a congelarse dentro de la carpa, a 6600 metros, en el campo 2: tanto calor que la nieve se volvía casi agua. Era una nieve súper inestable, súper peligrosa, súper cargada y húmeda.
Sentía algo dentro de mí que me decía que no. Percibía que mi compañero tampoco quería subir, y yo tampoco sentía esa fuerza, esas ganas de decir “subamos, vamos”. Le pregunté qué sentía, cuál era su sensación, y me dijo que no veía que debiéramos subir.
Le dije que yo sí quería ir, pero después de darle vueltas saqué la cabeza de la carpa, llamé a uno de los rusos y le dije: “¿Sabes qué? Todo el mundo está cancelando y no lo vemos claro para la cumbre. Yo no he terminado mi aclimatación. Ustedes ya se van, van a aprovechar esta ventana, pero no se sabe en qué condiciones está toda la ruta de arriba, y esa placa asentada se puede soltar mientras estamos subiendo por el corredor. Ayer ustedes no pudieron llegar al campo 3 porque se les acabó la fuerza, no lograron fijar la cuerda que llevaban, y hoy quieren volver a subir, van a estar cansados. No veo que tengamos un equipo sólido. Somos ocho y todos tenemos que colaborar, pero yo no he terminado mi aclimatación y no lo veo claro.”
Les dije que me daba la vuelta, que no me sentía motivado. Me generaba cierto recelo pensar en llegar al campo 3 y, al día siguiente, tener que seguir a la cumbre sin haber terminado mi aclimatación.
El día 19 era el día de la cumbre. Sacamos la cabeza de la tienda y habíamos acertado en el pronóstico: había 60 km/h de viento, una nube impresionante, tormenta y todo nublado en el campo 2, mientras el parte meteorológico decía que sería un día perfecto, sin viento y con sol. Tomamos la decisión correcta: en la montaña hay un instinto interno que hay que seguir.
Ese instinto hay que conocerlo. Es una mezcla de instinto de supervivencia, de experiencia, de sensación, de lectura y de conexión con la montaña. Es un instinto que se va enriqueciendo, pero cuando sientes que no es el momento, que te falta esa alegría, ese impulso, esa sensación, lo notas. Y el día 19, cuando se suponía que íbamos a la cumbre, el clima estaba hecho pedazos: ese día no se subía de ninguna manera.
Por suerte grabé un video mientras bajábamos. Bajamos al campo base, y los rusos se quedaron en el campo 3 los días 19 y 20 esperando, y el 21 lo intentaron. Llegaron hasta los 7700 metros abriendo huella, pero no lograron la cumbre. La nieve que encontraron fue profunda y muy difícil. Los días 22, 23 y 24 nevó brutalmente: se tapó toda la cuerda, toda la huella, toda la montaña.
Este año no se subió el Gasherbrum I. El líder de la expedición era Basil, que tenía los 14 ochomiles y había hecho la cara norte del K2 en estilo semi-alpino: un montañista con mucha experiencia. Las reglas son claras: un proceso de aclimatación con las rotaciones correctas, y después el intento a cumbre con buen clima. Nada de esto se dio esta vez.
El tema es que aquí, en las montañas, al menos en Pakistán, las cosas se manejan de una forma totalmente distinta a como era antes. Antes había reuniones entre todos los equipos: se hablaba de la cuerda, de quién iba a fijar, de cuánta cuerda llevar; se organizaba una reunión conjunta para el ataque a la cumbre. Ahora son grupos individuales que compiten entre sí para ganarle a los demás, conseguir más clientes y seguir vendiendo, llevando a personas con siete u ocho botellas de oxígeno a la cumbre. Eso es lo que hoy es el alpinismo en el Himalaya y el Karakórum: aspiraciones comerciales, con cero aclimatación. Llegan al campo base, suben al campo 1, tocan el campo 2 y ya están “listos” para la cumbre, sin el protocolo de subir al campo 3, dormir una noche y bajar.
Éramos muy pocos —cuatro, cinco, seis, siete, hasta ocho personas de todo el grupo— los que queríamos subir sin oxígeno al Gasherbrum I, de los más de cien que en total lo intentarían. Al final se cambió también ese objetivo, porque el Gasherbrum I presentaba estas condiciones de la placa, y todo el mundo se fue al Gasherbrum II. Tampoco se subió esta temporada; según supe, hace pocos días finalmente se logró.
Esta es, en parte, la experiencia que he recopilado, la información que esperaba reunir para hacer este diario.
Quiero decirles que me duele mucho, que me cuesta mucho. No estoy llorando, pero por dentro me siento triste, dolido. Esperamos cinco días aquí en Skardu, que hubieran sido nuestra primera rotación, pero nadie había abierto el campo 1 ni el campo 2. Habríamos tenido que ser nosotros quienes lo hiciéramos, y tampoco llevábamos cuerda propia, porque se suponía que todo el mundo la tendría. Las fechas en las que se inicia la expedición son tardías.
Todo depende de los grupos comerciales y de los sherpas que vienen a fijar. Aquí no hay un equipo oficial de fijadores paquistaníes para las montañas; todos dependen de los sherpas. Pero en mayo los sherpas están en Nepal, en el Everest, y la temporada aquí se vuelve muy caliente si se sube en julio. Pienso que la temporada debería empezar en mayo, para subir en junio, pero eso escapa de nuestras manos.
Es durísimo. Tal vez si los doce hubiéramos estado ahí comprometidos, mi aclimatación habría sido distinta y hubiéramos podido intentarlo. No lo sé. Es duro soñar y ver que otros se quedaron a 400 metros de la cumbre, porque tuvieron que abrir toda la ruta y la huella. Me pareció un equipo fantástico, consolidado, independiente. En cambio, en nuestro equipo había un escalador comercial que quería subir con oxígeno, y yo no coincidía con eso, no lo veía claro.
A veces pienso que, cuando la gente ve mis pies, duda. Tal vez me equivoco, tal vez no, pero pienso que algunos, al verlos, piensan que no debería estar aquí, aunque tenga nueve ochomiles hechos. Eso genera dudas. Pero es lo que hay: soy guía de montaña UIAGM y montañista profesional, y vengo aquí a subir estas cumbres.
Cuando llegamos al campo base, prácticamente nos obligaron a irnos. No hubo forma de convencerlos; yo quería quedarme a ver si había otro intento, y bajé desconsolado. La agencia se portó de esa manera: no me hicieron caso, llegaron los burros y fue “si te vas, te vas; si no, nosotros nos vamos”. Una actitud realmente increíble, nada profesional.
Siempre hay problemas con esto. En 2024 me pasó algo parecido: una agencia me dio un caballo para acercarme al campo, veníamos de la cumbre del Nanga Parbat. El caballo se espantó —era un caballo salvaje— y me rompí el brazo. Les pedí varias veces que lo cambiaran y no lo hicieron. Al final me dijeron que era mi responsabilidad, que ellos no eran los dueños de los caballos. Terminé con el brazo roto. Así se manejan las cosas aquí cuando hay dinero de por medio: prima la ley del más fuerte.
De mi parte hice todo lo posible, todo lo profesional: una preparación extraordinaria, un entrenamiento de primera, buenas condiciones físicas. Mis rotaciones cumplieron el plan al detalle. Pero esta descoordinación, esta falta de información, este caos logístico y esta comercialización lo echaron todo a perder. Además del calor en la montaña, del peligro de la placa que les conté, y del mal clima —los días 20 y 21 fueron malos, aunque en mal clima aún se podía subir con las justas— para el 22 ya todo estaba perdido. Subimos por el paso de Gondogoro y fue un caos: nunca había visto tanta nieve, un metro de nieve. Fue una locura cruzar Gondogoro, una de las cosas más duras que he hecho en mi vida —dura al límite, no por el cansancio, sino por el viento, el frío, la tormenta, por todo.
Les mando este mensaje ahora desde Skardu, un abrazo a todos, espero que me escriban. Espero que esta información les sirva para entender qué está pasando ahora en las montañas.
Tal vez, si se hubiera coordinado, si se hubiera pensado y organizado todo de una forma más profesional y en equipo, habríamos podido subir con el grupo que iba a fijar hasta el campo 3. No lo sé; es muy teórico decir qué habría pasado. Pero mi experiencia me dice que sí. Aun así, regreso con el corazón lleno de alegría, porque hice un trabajo profesional: ayudé a fijar hasta el campo 2, ayudé a portear cuerda, trabajé, estuve bien preparado, me moví bien, me moví rápido, no tuve dolor de cabeza en altura, estuve motivado. Llevé toda la comida y todo el equipo.
Gracias a Kailas por el material, excelente, y gracias a mis patrocinadores por su apoyo. Hicimos una preparación fantástica en Chile, en cumbres de cinco y seis mil metros, casi siete mil, en el Ojos del Salado.
A veces todo lo que organizas, todo lo que planificas, toda la ilusión que llevas, comienza a desmoronarse. Empezó a desmoronarse desde Skardu, y yo no me alteré, no me estresé. Me dije: “Bueno, perdimos cinco días aquí, hay que ponerle ganas y aclimatarnos más rápido.” Así lo hicimos: en la primera rotación subimos al campo 1 y al campo 2, a 6600 metros, abriendo ruta, durmiendo dos noches. En la segunda íbamos a intentar llegar al campo 3 para ver si intentábamos la cumbre. Nos jugamos todas las cartas, pero esta vez las condiciones de cantidad de nieve y el peligro de avalancha hicieron que la gente tuviera miedo de morir. Varios montañistas se regresaron por eso, y supongo que los sherpas también, aunque no lo sé con certeza.
Ahora hay gente que decidió arriesgarse más, que se metió en ese corredor con la placa asentada ahí, sin saber si se iba a soltar o no. Jugaron a la ruleta y ganaron. Hay quienes no quisieron jugar esa ruleta y bajaron. A veces la razón puede más que el corazón: nos esperan familias, nos esperan seres queridos.
La idea es tomar las mejores decisiones. Creo que se tomó la decisión correcta, no porque este año no se haya subido el Gasherbrum I, sino porque así lo sentí: treinta y cinco años de montaña y dieciocho expediciones a los ocho mil metros me hicieron leer, olfatear, que no había las condiciones, que no había seguridad.
Las montañas se están calentando; el calentamiento global está afectando enormemente la estabilidad de la nieve y el frío en altura. Ahora voy a poner unas fotos, pero esa placa de dos metros y medio… en mis treinta y cinco años de montañista nunca había visto una placa tan grande y tan peligrosa. Esto es una alarma, un gran detonante para empezar a pensar: escoger bien las fechas, moverse con más agilidad, aclimatarse antes en otras montañas antes de subir los ocho mil, tener mejores presupuestos y, por supuesto, conseguir un equipo más numeroso —el nuestro era de solo cuatro personas, y no fue suficiente.
Un abrazo, amigos, un abrazo a todos. El Gasherbrum I tendrá que esperar; será la próxima. Les sigo enviando toda mi alegría, todo mi corazón y todo mi amor por este proyecto de subir los catorce ochomiles sin oxígeno, con amputaciones y usando prótesis, pero como un montañista profesional: sin oxígeno, fijando cuerda cuando hace falta, abriendo huella cuando hace falta, cargando siempre 20 kilos. No me escudo en el pretexto de no tener los pies: hago el mismo trabajo que los montañistas de élite.
Les mando un abrazo. Gracias a todos. Chao, chao.







